Gilbert Gottfried como Spider-Man y otras crisis de identidad que me quitan el sueño

Amigos, tenemos un problema. Mi cerebro ha decidido que la lógica ya no importa y he pasado las últimas veinticuatro horas obsesionado con una sola pregunta: ¿Y si Spider-Man tuviera 88 años y la voz de un pato ronco? Sé que suena a la fiebre de un domingo por la tarde, pero pensadlo un segundo. Hemos aceptado cosas mucho más raras en el cine. Si hay dinero de por medio, veremos a Lex Luthor bailando en el universo de Spidey sin que nadie parpadee, así que no me digáis que un abuelo trepando paredes es donde ponéis el límite.

Lo gracioso no es solo la imagen, que ya es digna de un cuadro surrealista, sino toda la logística de ser un superhéroe cuando tu cuerpo y tu voz te delatan en cuanto abres la boca. Hemos normalizado que Clark Kent se esconda detrás de unas gafas, pero en la vida real, tus amigos te descubrirían en cuanto dijeras tu frase hecha favorita. Es un caos.

La Salsa de la Historia

  1. El truco vocal de Superman al revés Hablando de Gilbert Gottfried, el hombre era un genio del disfraz. Su voz característica era un acto, una puesta en escena. Si quisiera ser un superhéroe, ni siquiera necesitaría máscara; bastaría con que usara su tono normal de conversación y la gente pensaría: “No, no es él, él grita como un loro”. Es literalmente Superman quitándose las gafas, pero al revés: el disfraz es el ruido, el secreto es el silencio.

  2. Spider-Man y la artrosis Pero ahora no puedo dejar de imaginar a un Peter Parker de 88 años. ¿Se sigue lanzando entre rascacielos o sus rodillas hacen un sonido de “crick-crack” que alerta a todos los villanos? ¿Obtiene Spider-Man beneficios de la Seguridad Social o sigue viviendo de fotos que le paga el Daily Bugle? El universo necesita respuestas, y por alguna razón, no están en los cómics.

  3. La locura de los podcasts de crimen real Imaginad a Morgan Freeman intentando hacer un podcast anónimo sobre crímenes reales. Sería genial, sí, pero duraría tres segundos. El mundo entero pararía lo que está haciendo y diría: “Espera… ¿es Dios contándonos sobre el arma homicida?”. No hay voz con más firma registrada en el planeta, aunque sea mayor. Si Clark Kent puede engañar a toda Metropolis sin afeitarse el bigote, seguro que Morgan se apaña, pero vamos, que no hay forma de que ese podcast sea anónimo.

  4. El narrador de nuestros pesadillas Y si hablamos de voces inconfundibles, ¿qué pasa con David Attenborough narrando la vida de Lex Luthor? “Aquí vemos al villano en su hábitat natural, observando su extraño baile de apareamiento”. Es la clase de crossover absurdo que nadie pidió pero que todos merecemos ver en una pantalla gigante.

  5. Mi propia identidad secreta (o falta de ella) Esto me hizo pensar mucho en mí mismo. Si mañana me dieran superpoderes, sería un desastre total. No podría hacer entrevistas ni soltar bromas, porque mis amigos me reconocerían al instante por mi forma de hablar o mis referencias culturales específicas. “Oye, nuestro amigo ha desaparecido del Discord y el nuevo superhéroe fue visto en un concierto de synthpop hablando de una Jihad Butleriana contra los centros de datos”. Las matemáticas no cuadran, chicos.

  6. La solución del acento australiano La única salida viable sería inventarme un personaje completo. Podría intentar hacer un acento australiano decente para despistar a todo el mundo. “G’day mate, ¿sabes?”. Seguro que mis amigos pensarían: “Qué tipo tan raro”, y nunca sospecharían que soy yo. O al menos, esa es la mentira que me cuento para dormir tranquilo.

  7. El problema de no ser el gracioso del grupo Claro está, si yo fuera Spider-Man, no podría abrir la boca. El Hombre Araña es el segundo mayor sarcástico del universo, solo superado por Deadpool. Si intento ser gracioso y me conozco, probablemente acabe soltando un chiste flojo que nadie entiende y arruinando la reputación del superhéroe. Mejor me quedo callado y hago las acrobacias.

  8. Las paredes tienen sentimientos Todo esto me recuerda a esa frase famosa, pero con el toque lento y pausado de alguien que lo ha meditado demasiado. “Estas paredes son graciosas. Primero las odias, luego te acostumbras, y después de suficiente tiempo, te arrastras por ellas”. Dicho con la voz pausada de tu vecino favorito, suena a filosofía barata, pero si lo dice un tipo con máscara, es poesía urbana.

El Cierre

Al final del día, suspender la incredulidad es parte de la diversión, aunque sea ridículo pensar que alguien puede esconder su identidad simplemente con un cambio de tono o un par de anteojos. Yo, por mi parte, seguiré soñando con ese Spider-Man anciano que necesita muletas para trepar edificios; suena mucho más divertido que cualquier reboot que nos estén preparando en Hollywood.