¿Alguna vez habéis sentido que, simplemente por tener un “tipo”, os han mirado como si acabárais de llegar de otro planeta? Me pasó el otro día, pensando en lo retorcido que es el lenguaje moderno para describir lo que nos gusta. Básicamente, si te gusta algo que no viene en el paquete de “estándar de fábrica”, prepárate para que le pongan una etiqueta de advertencia.
Resulta que vivimos en un mundo donde todo lo que se desvía un milímetro de la norma tiene automáticamente nombre de enfermedad exótica. Es como si en ciertos lugares tener preferencia por chicos no circuncidados se considerara un “fetiche del prepucio”. ¡Por favor! Es como decir que tener preferencia por pechos naturales es un fetiche en comparación con la cirugía estética. La sociedad decide qué es el “default” y el resto de nosotros somos los raros del pueblo.
La Salsa de la Historia
El concepto de “normal” es una estafa colectiva “Normal” suena a estadística fría y matemática, pero en realidad es solo lo que la mayoría decide aprobar en la reunión de barrio. Si te desvías un centímetro de ese centro, eres el “anormal” de turno, aunque tu gusto sea tan biológico y antiguo como la humanidad misma.
El secreto para crear un fetiche: el factor “¡qué asco!” Mi teoría es que algo no alcanza el estatus de fetiche hasta que una parte importante de la población siente repulsión, no simple indiferencia. Si a la gente no le afecta, es un gusto; si les da grima, de golpe es un fetiche. Es una clasificación muy emocional para algo que supuestamente es clínico.
Cuando la idea es más importante que la persona Ahí es donde nos metemos en territorio peligroso. Si tu interés desaparece porque tu pareja cambia de físico —digamos, que gana o pierde unos kilos—, quizás no estabas enamorado de ella, sino de una idea. Eso ya suena a guion de terror romántico, no a una relación sana.
Lo “convencional” nunca es un fetiche, por muy obsesivo que sea Nadie se levanta en una reunión de Alcohólicos Anónimos y dice “tengo un fetiche por las mujeres convencionalmente atractivas”. Funciona igual que el estilo de vida de Leonardo DiCaprio: si solo te gustan modelos de veinte años, no es un fetiche, es estándar social, aunque sea imposible de mantener en el mundo real sin ser millonario.
El pie: el gran misterio de internet A estas alturas, con lo comunes que son los fetiches de pies en la red, me pregunto si seguimos clasificándolo como rareza o si es que nadie se atreve a admitirlo en la vida real. Quizás es el tabú lo que mantiene la magia viva, o simplemente a nadie le gusta que le miren los dedos en el metro.
La paradoja de los cuerpos grandes: ni se te ve ni eres un fetiche La sociedad hace un malabarismo increíble con las personas gordas: a veces las desexualiza por completo, y cuando alguien demuestra interés genuino, de golpe es “algo raro”. Es como si fuera imposible encontrar atractivo a alguien que no encaja en el molde de Instagram sin que te acusen de tener una obsesión clandestina.
No es lo que dices, sino cómo lo pintas Hay una línea fina entre “me gustan las mujeres curvas” y describir partes anatómicas con el entusiasmo de un niño en una tienda de dulces. A veces, la diferencia entre una preferencia saludable y un fetiche es solo si suenas a alguien apreciando la belleza o a un científico loco coleccionando especímenes.
El Cierre
Al final del día, la mayoría de estas etiquetas son solo ruido para juzgar lo que nos pone calientes, así que mejor dejemos de preocuparnos por los nombres y empecemos a disfrutar de lo que nos gusta sin pedir permiso.
