Todos tenemos a ese tío abuelo que parece un santo, el tipo que te da caramelos y sonríe en las fotos familiares sin parecer que está planeando dominar el mundo. En la política estadounidense, ese rol lo ha interpretado Jimmy Carter durante décadas. Ganador del Nobel de la Paz, constructor de casas para los necesitados y básicamente el único expresidente que no te da miedo encontrarte en un callejón oscuro. Pero, amigos, seamos honestos por un segundo: en el barro de la política internacional, ser “el bueno” suele ser simplemente cuestión de tener las manos menos sucias que el tipo de al lado.
Hablemos de ese elefante en la habitación con una sonrisa pintada. A todos nos encanta la idea del pacifista Carter, el hombre que probablemente reza por las almas de los mosquitos que lo pican. Pero la realidad es un poco más compleja, como intentar armar un mueble de IKEA sin instrucciones. Resulta que ser un tipo pacífico no significa que no tengas un arsenal enorme escondido bajo la cama, y a veces la historia es más divertida de lo que nos contaron en el colegio.
A Lo Que Vinimos
El Guerrero Frío con Corazón de Oro Resulta que Carter no era exactamente un pacifista de那些 que le cantan a las flores. Supervisó la mayor expansión de programas de armas nucleares desde los años 50. Él sabía que para mantener la paz con los soviéticos hacía falta parecer un poco loco y muy bien armado. La ironía es que Reagan, que tenía mejor peinado y carisma para la TV, se llevó todo el crédito por esa dureza militar, dejando a Carter con la etiqueta de “débil” aunque él fuera quien compró los juguetes grandes.
La Definición de “Criminal de Guerra” En el mundo de la política, definir un crimen de guerra es tan confuso como intentar entender las leyes de los pájaros en esa serie de televisión. No es un crimen de guerra si nunca declaras la guerra, ¿verdad? O al menos eso parece ser la regla no escrita. Carter probablemente tiene el récord de fewer crímenes de guerra directos desde la Segunda Guerra Mundial, pero eso no significa que fuera un ángel. A veces no necesitas lanzar una bomba para causar estragos; a veces solo necesitas escribir un cheque a los equivocados.
Amigos Peligrosos y Visitas Indeseadas Digamos que Carter tenía problemas para elegir sus amistades. Apoyó a los jemeres rojos, a los señores de la guerra afganos que luego se convirtieron en los talibanes y a los contras. Es como invitar a todos los ex de tu fiesta de cumpleaños y esperar que no haya peleas. Y hablemos de darle asilo al Sha de Irán por “razones médicas” (gracias, Kissinger). Eso fue como encender una cerilla en una gasolinera y preguntarse por qué explotó todo, llevando a la crisis de los rehenes y, básicamente, entregándole la presidencia a Reagan en bandeja de plata.
Operación Garra de Águila: El Desastre Todos se burlaron de él por la crisis de los rehenes, llamándolo débil, pero al menos intentó hacer algo al estilo película de acción. La misión de rescate “Eagle Claw” terminó en desastre por una tormenta de arena y helicópteros que chocaron entre sí. Lo gracioso es que la gente actuaba como si Carter hubiera estado en la cabina pilotando los helicópteros personalmente contra la pared. Al menos intentó recuperar a su gente sin convertir Teherán en un estacionamiento, lo cual cuenta como algo, ¿no?
Ganando por Default Si lo comparamos con sus sucesores, Carter brca con luz propia. Reagan entrenando escuadrones de la muerte, Bush padre invadiendo Panamá, Clinton bombardeando una fábrica de medicamentos, Bush Jr con Irak y las torturas, Obama con los drones… de repente, el abuelo Carter parece un santo. Es como ganar una carrera de maratón simplemente porque todos los demás corredores se dieron por vencidos o se tropezaron con sus propios pies.
El Cierre
Al final del día, quizás la lección aquí es que ser un presidente moral es como intentar encontrar una aguja en un pajar, pero al menos Carter parecía intentar no quemar el pajar entero.
