¿Por qué mi cerebro decide que una siesta de 10 minutos duró una eternidad?

La otra día me eché una siesta de diez minutos. Diez. Literalmente el tiempo que tardas en elegir una película en Netflix y luego arrepentirte. Pues bien, mi cerebro decidió que, en realidad, habían pasado tres siglos. Me desperté con el corazón a mil, convencido de que había olvidado recoger a mi hijo en la escuela y que la humanidad ya había colonizado Marte sin mí. Resulta que solo habían pasado diez minutos, pero ese pánico existencial me hizo pensar en lo frágil que es nuestra percepción de la realidad.

Es aterrador darse cuenta de que tu cerebro es básicamente un guionista de mentiras que reescribe tu línea temporal sin pedir permiso. No somos más que meros espectadores de un órgano que a veces se aburre y decide inventarse cosas. Ya sea sobreviviendo a un naufragio en la oscuridad o simplemente tratando de averiguar qué día es cuando te despiertas un sábado por la mañana, nuestra noción del tiempo es tan precisa como lanzar un dardo con los ojos vendados.

El Tema Es

  1. La paranoia de la siesta exprés Hay algo en la siesta que activa un modo de pánico primitivo. Duermes lo que tardas en hervir un huevo, pero despiertas sintiendo que has perdido la juventud y que el gobierno ha caído. Es una experiencia universal: el desorientación brutal al abrir los ojos y ver que el sol sigue en el mismo sitio de hace una década (o sea, hace diez minutos).

  2. El misterio de la fecha oficial Si me piden que firme un documento oficial, empiezo a sudar frío. “¿En qué año estamos?” pensaba yo, mirando a mi teléfono con la discreción de un espía ruso. Es como esa escena de Jumanji: “¿Wutyearis it?”. Mi ansiedad es tal que, si no tuviera el calendario digital, probablemente escribiría “1999” por pura nostalgia y miedo al futuro.

  3. Evolución vs. Mi insomnio crónico Dicen que nuestros cerebros están gobernados por ritmos circadianos de hace millones de años y que no evolucionamos para vivir en cuevas. Las personas ciegas a veces tienen problemas de sueño porque sus cerebros no se sincronizan con la luz. La broma está en mí: tengo vista y, aun así, tengo problemas de sueño. Tengo lo mejor de la evolución biológica y lo peor del caos moderno en un solo paquete.

  4. El buzo que perdió la noción de la realidad Existe esa historia aterradora de un buzo que se perdió de su grupo y encontró una pequeña bolsa de aire para esperar a ser rescatado. Pasó semanas allí, en el frío y la oscuridad, sin comida y con la pila de su lintela agotándose. Sufrió lo indecible y perdió por completo la noción del tiempo. Esos son los momentos en los que te das cuenta de que los humanos no estamos hechos para vivir en la oscuridad total; es literalmente una pesadilla de la que no te despiertas.

  5. Camping y el fracaso de la tecnología Hace unos años, fui de excursión en canoa con amigos y decidimos no usar reloj. El primer día estaba nublado y lloviendo a cántaros. Llegamos a un punto en que acordamos montar el campamento porque “estaba oscureciendo”. Terminamos de cenar y… seguía luz. Chequeamos la hora: eran las 3 de la tarde. Es el ejemplo perfecto de cómo hemos perdido la capacidad de saber si va a oscurecer solo porque no tenemos un smartphone en la mano.

  6. El regreso de la ensoñación Estuve de senderismo sin servicio celular casi dos semanas. Al día doce, empecé a tener ensoñaciones vívidas, como cuando tenía diez años. Se me había olvidado lo profundo y visceral que era soñar despierto antes de que el algoritmo me secuestrara el cerebro. El aburrimiento es saludable y natural, pero es casi imposible de conseguir cuando tienes alivio instantáneo en el bolsillo.

  7. El “reset” de fábrica Sea rompiéndote una pierna o teniendo un hijo, el cuerpo a veces te fuerza a restablecer tus configuraciones de fábrica. Cuando me rompí la pierna, dormía como un bebé a las 11:30, algo que no hacía en años. O tener un hijo, que te hace dormir en cualquier posición y en cualquier momento, como un hechizo de videojuego donde te divides en dos clones, pero cada uno tiene la mitad de la vida y uno de ellos está llorando.

  8. La teoría de la relatividad de tus amigos vagos Conozco gente que dice “estoy ahí en 10 minutos” y eso, misteriosamente, se transforma en dos horas. Esa percepción del tiempo es un estudio científico en sí mismo. Podrían haber ahorrado al buzo de la cueva toda esa incomodidad presentándole a un par de mis amigos; su percepción temporal es todo lo que necesitan para entender que el tiempo es relativo.

Para Terminar

Tal vez la solución no es relojes más caros o más alarmas, sino aceptar que nuestra percepción es un desastre glorioso. O tal vez, solo necesito desconectar el WiFi y dejar que mi cerebro se aburra lo suficiente para dejar de mentirme sobre la hora.