¿Recuerdas el 11 de septiembre de 2001? Bueno, seguro que sí. Pero ¿recuerdas la imagen? No la de las torres cayendo (eso es lo trágico, no lo vamos a minimizar), sino la del tipo con el casco plateado, sentado en una escuela primaria, leyendo un cuento sobre un mono, mientras su jefe de gabinete le susurra algo en el oído. Y la cara del tipo. ¿No te da la sensación de estar viendo el final de una película de bajo presupuesto donde el villano se ríe de que su plan perfecto ha funcionado? Porque a mí me da esa sensación, y no es que esté buscando escondites de fantasmas, es que… ¡pobre tipo! O no tan pobre, ¿verdad? ¡Ah, el humor del destino! O quizás no es humor, sino simple observación.
Hablemos de eso, de esas imágenes y de las cosas que pasaron alrededor de todo aquello. No para confirmar nada, no para desmentir nada, pero sí para compartir esas pequeñas cositas que te hacen tirar de la oreja y preguntar “¿y si?”. Porque, ¿a quién no le ha pasado que ve algo y piensa “eso es tan obvio que tiene que ser una broma”? O quizás no una broma, sino que alguien se lo sabía de memoria, como si hubieran ensayado la escena en el espejo del baño antes de salir.
Y es que, cuando te pones a pensar en las cosas, hay detalles que rozan lo ridículo, o lo increíblemente bien orquestado, según cómo mires. Cosas que, aunque no te guste, te hacen plantear si el plan de aquel día fue más como un guion de Hollywood que como un acto de ’terrorismo’ improvisado. Vamos, que parece que alguien tenía sus deberes hechos, y de sobra.
¿“They Did the Thing”? La Escena de la Escuela que Parece un Guion de Sitcom
Imagina que estás viendo una película. El tipo malo ha lanzado el plan, la ciudad está en caos, y el protagonista… está leyendo un cuento a un grupo de niños. Sí, suena a sitcom de los 90 donde el padre tiene que mantener la calma en la peor situación posible. Pero aquí hay un detalle: el tipo que le susurra en el oído, ¿no parece más bien el ayudante diciendo “¿Viste? ¡Lo hicieron! ¡They did the thing!”? Con esa expresión de “actúa sorprendido, cariño, actúa” que se te dibuja en la cara.
Y luego está la reacción. En vez de levantarse, de gritar “¡Alto! ¡Alerta máxima!”, de… bueno, de hacer lo que haría cualquier persona con dos dedos de frente que se entera de que un avión ha chocado con el segundo de los edificios más importantes del mundo, el tipo se queda ahí. Leyendo. Sobre un mono. ¿Curioso George sabía algo que nosotros no? ¿O simplemente es que el libro estaba dado la vuelta porque, bueno, ¡qué lío todo!
Es como si estuvieran esperando a que llegara el momento exacto para decir “¡Y ahora, el truco final!”. La forma en que todo parece… esperado. Como si la lectura de “She liked to play with her goat” fuera el intermedio de un espectáculo mucho más grande y macabro. Y no, no es que yo crea en teorías de la conspiración, pero ¿a quién no le da la sensación de estar viendo el ensayo general de algo que no tenía que ser así? Es como cuando ves a alguien que intenta hacerse el espontáneo y te sale más forzado que un baile de salón en el siglo XIX.
Larry Silverstein, los Dólares y el Edificio que “Tuvimos que Demoler”
Y hablando de edificios… ¿Recuerdas a Larry Silverstein? El tipo que compró las Torres Gemelas justo antes de que pasara todo aquello. Y no, no fue “justo”, fue hace unos años, pero el detalle curioso es que, poco antes del 11S, añadió una cobertura de seguro específica para… ¡terrorismo! ¿Por qué no te aseguras tu casa contra incendios y luego pones una póliza extra contra “el vecino con la fobia a los gatos”, no? Es como si supiera que iba a haber un incendio, pero no un incendio normal, uno de esos que arrasa todo y te deja sin nada… bueno, menos sin una póliza de seguro extraordinariamente generosa.
Y luego está el tema de los 2.3 billones de dólares que Donald Rumsfeld anunció que se habían perdido el día anterior. ¡Billones! Es una cifra tan grande que casi da miedo pronunciarla. Y ¿dónde estaban esos registros contables? En el Pentágono. Y ¿qué golpeó el Pentágono ese día? Un avión. ¿Coincidencia? Quizás. O quizás alguien tenía una idea bastante clara de qué registros no le interesaban a nadie más después de ese día. Es como si alguien perdiera las llaves del armario de los secretos y luego quemara el armario. “¡Ah, qué mala suerte! Ahora no podemos encontrar las llaves”. ¡Claro! ¡Porque ya no hay armario!
Y no, no me estoy poniendo seria. Es que, cuando ves esas piezas, parece que encajan demasiado bien para ser solo casualidad. Como un puzzle que alguien ha montado con piezas de otros puzzles para que parezca que tiene sentido, pero si te fijas bien, las formas no encajan del todo. Es como la sensación que tienes cuando ves una película de acción y te das cuenta de que el malo no tiene pies. O que el protagonista tiene una bolsa de balas infinita. ¡Algo no cuadra!
“Kite Must Hit Steel”: Las Cosas Raras que Pasaron en los Años 2000
Y no solo fue el 11S. Recuerdo que antes, en Oklahoma City, también hubo un atentado en un edificio federal. Y ¿qué contenía ese edificio? Pues, otra vez, registros contables. Es como si hubiera una lista de “lugares que contienen información incómoda y que deberían ser eliminados con el menor ruido posible”. Es una idea escalofriante, pero al mismo tiempo, ¿por qué no? Si ya vas a hacer un plan, ¿por qué no hacer uno que te quite de en medio varias cosas a la vez? Es como limpiar el armario y tirar la basura todos a la vez. ¡Eficiente!
Y luego está el tema de las personas. ¿Recuerdas que algunos VIPs no estaban en las torres ese día? Que, por casualidad, tenían cita con el dentista, o estaban de vacaciones, o simplemente… no estaban. Es como si alguien hubiera hecho una lista de “quién no debe morir” y se la hubiera pasado a los chicos de la logia de los aviones. Es una paranoia, sí, pero una paranoia que tiene un punto de lógica absurda. Es como en las películas de espías donde el agente doble siempre tiene una excusa perfecta para no estar donde suena el disparo.
Y no olvidemos el mercado de valores. ¿Alguien hizo apuestas extrañas el día anterior? ¿Alguien compró opciones que beneficiaban exactamente de la forma en que la bolsa iba a reaccionar? Es como si alguien hubiera visto el futuro en una bola de cristal o, más probablemente, en un informe secreto que nadie más tenía. Es como apostar al 2 en la ruleta después de que el croupier te diga “el número va a ser el 2”. ¡No es una apuesta, es un regalo!
NORAD, los Pilotos y la Simulación que Parecía Real
Y ahora, el tema de NORAD. ¿Recuerdas que ese día estaban haciendo simulaciones de secuestro de aviones? ¿Simulaciones? ¡Claro! Porque qué mejor forma de distraer a los pilotos y a los controladores que haciéndoles pensar que todo lo que ven es solo un ejercicio. Es como si alguien hubiera dicho “¡Vamos a hacer un simulacro de incendio, pero vamos a poner humo real! ¡Para que sea más realista!”. ¡Brillante! ¡Absolutamente brillante! Es como la peor idea de seguridad que he oído en mi vida, pero al mismo tiempo, es la idea perfecta si lo que quieres es que nadie reaccione.
Y es que, si ya tienes a todo el mundo haciendo simulaciones, ¿quién va a creer que de repente, de verdad, un avión se está estrellando? Es como cuando tus padres te dicen que no te fíes de los extraños, y luego te llevan a un circo donde todos los payasos son extraños. ¿Cómo sabes cuál es el real? Es como la confusión total. Es como si alguien hubiera dicho “¡Vamos a crear el caos más grande posible, pero vamos a hacerlo pareciendo que es una simulación!”. ¡Eso es arte! ¡Eso es alta cocina de la confusión!
La Magia de las Palabras y los Chicos con Orejas de Búho
Y no, no terminamos con eso. Hay detalles más pequeños, más… mágicos. Como la profesora que estaba leyendo a los niños. ¿Qué estaba leyendo? Pues cosas como “kite hit steel”, “plane hit steel”. ¿Coincidencia? ¿Magia? ¿Alguien que sabía exactamente lo que iba a pasar y lo estaba preparando sutilmente? Es como si estuvieran ensayando la tragedia en un cuento de hadas. Es como una profecía hecha de palabras suaves y dulces que, en retrospectiva, te dan escalofríos.
Y luego están los niños. ¿Alguna vez viste las fotos de los niños ese día? Algunos tenían accesorios extraños. Como una niña con aretes de búho. ¿Por qué un búho? ¿Es solo porque son lindos? ¿O es porque el búho es el símbolo de la sabiduría, o de alguna secta secreta que adoramos a Moloch? Es como si cada detalle fuera una pista en un juego de escape room gigante que nadie ha ganado todavía. Es como intentar descifrar un código que solo tiene sentido si ya sabes la respuesta.
Y es que, en el fondo, todo esto es como un rompecabezas gigante donde las piezas encajan de una forma que te hace pensar “¿y si no es solo casualidad?”. Es como si alguien hubiera escrito un guion, y todos estuvieran siguiendo las instrucciones, incluso sin saberlo. Es como una obra de teatro donde el público no sabe que está viendo una obra de teatro. Es como… bueno, es como el 11S.
El Show Continúa: O ¿Acaso Nada Fue Real?
Al final, ¿qué queda? Una sensación de… ¿engaño? ¿O solo una serie de coincidencias tan extrañas que te hacen pensar que alguien las puso ahí deliberadamente? Es como si el mundo fuera un escenario y nosotros solo los actores que no saben el guion. Es como si todo lo que pasaba fuera parte de un plan más grande, un plan que nadie entiende, pero que todos parecen estar siguiendo.
Y es que, aunque nos riamos de las teorías de la conspiración, aunque nos reímos de la cara del presidente leyendo sobre un mono, hay algo que no cuadra. Algo que huele a… ¡bologna! Como decía alguien. Es como si el sistema estuviera diseñado para que nos olvidáramos de las preguntas incómodas, para que nos centráramos en las cosas pequeñas, en los detalles ridículos, en las cosas que podemos burlarnos de.
Pero, ¿y si no es una burla? ¿Y si es la verdad? ¿Y si todo esto fue orquestado con la misma precisión con la que orquestamos nuestras propias vidas, solo que a una escala mucho, mucho mayor? Es una idea que te deja pensando. Es una idea que te deja riéndote, pero también te deja con una sensación extraña en el estómago. Es como si alguien te hubiera dicho “ya sabes, todo esto es una farsa”, y luego te vieras obligado a seguir riéndote, porque ¿qué más puedes hacer?
Es como el mundo. Es como la vida. Es una serie de eventos que parecen tener sentido, pero que, si te fijas bien, podrían ser solo una gran, gran broma. O quizás no una broma, sino una gran, gran obra de teatro donde todos somos actores, y solo unos pocos saben lo que realmente está pasando. Y mientras tanto, nosotros seguimos leyendo nuestros libros, y esperando que el avión no choque con el edificio. Porque, al final, ¿qué más podemos hacer? Seguir riéndonos, claro. Porque, ¿qué otra opción tenemos?
